Yamakavagga · Los pares · Gāthā 3
Akkocchi maṃ avadhi maṃ, ajini maṃ ahāsi me; ye ca taṃ upanayhanti, veraṃ tesaṃ na sammati.
akkocchi maṃ avadhi maṃ, ajini maṃ ahāsi me; ye ca taṃ upanayhanti, veraṃ tesaṃ na sammati.
‘Me insultó, me golpeó, me venció, me robó’: quienes albergan tales pensamientos no cesarán en el odio.
Este verso describe con precisión quirúrgica cómo el resentimiento se alimenta de la memoria. Akkocchi (insultó), avadhi (golpeó), ajini (venció), ahāsi (robó): cuatro verbos en pasado que el ego convierte en presentes eternos, repitiendo el agravio una y otra vez en el teatro de la mente.
Upanayhanti — “quienes atan, quienes vinculan”: el resentimiento es literalmente una cuerda con la que nos atamos al objeto de nuestro odio. Creemos que nuestra ira castiga al otro; en realidad nos ata a él con mayor firmeza que cualquier cadena física.
Vera — enemistad, odio — no cesa (na sammati) mientras se lo alimente. La mente que rumia agravios es como un fuego al que se añade leña: cuanto más se piensa en el daño recibido, más vivo permanece el fuego. No hay paz posible mientras el ego se defina por sus heridas.
La práctica de mettā (amor benevolente) es la respuesta budista a este patrón: no como negación del dolor sufrido, sino como reconocimiento de que seguir aferrado al agravio solo prolonga el sufrimiento propio. Soltar no absuelve al otro; nos libera a nosotros.