Maggavagga · El camino · Gāthā 288
Na santi puttā tāṇāya, na pitā nāpi bandhavā; Antakenādhipannassa, natthi ñātīsu tāṇatā.
Na santi puttā tāṇāya, na pitā nāpi bandhavā; antakenādhipannassa, natthi ñātīsu tāṇatā.
No hay refugio en los hijos, ni en el padre, ni en los parientes; para aquel a quien la muerte ha sobrevenido, no hay protección entre los familiares.
Na santi puttā tāṇāya — no existen (na santi) hijos (puttā) como refugio (tāṇāya). Tāṇa es refugio, protección, amparo. Ni los lazos más íntimos pueden detener lo inevitable.
Antakenādhipannassa — para aquel sobre quien ha llegado (adhipanna) la muerte (antaka, “el que pone fin”). La muerte no negocia, no acepta sustitutos, no distingue entre ricos y pobres, entre quien tiene muchos hijos y quien no tiene ninguno.
Este verso, atribuido al Buda tras la muerte de su padre, es un golpe directo a la ilusión de seguridad que construimos con los afectos. En la práctica del yoga, la contemplación de la muerte (maraṇasati) no es morbosa sino liberadora: al reconocer que ningún lazo nos protege, nos volvemos hacia lo único que sí puede — el camino del despertar.