Lo incierto·Capítulo 9·Versículo 11
שַׁ֜בְתִּי וְרָאֹ֣ה תַחַת־הַשֶּׁ֗מֶשׁ כִּ֣י לֹא֩ לַקַּלִּ֨ים הַמֵּר֜וֹץ וְלֹ֧א לַגִּבּוֹרִ֣ים הַמִּלְחָמָ֗ה וְ֠גַ֠ם לֹ֣א לַחֲכָמִ֥ים לֶ֙חֶם֙ וְגַ֨ם לֹ֤א לַנְּבֹנִים֙ עֹ֔שֶׁר וְגַ֛ם לֹ֥א לַיֹּדְעִ֖ים חֵ֑ן כִּי־עֵ֥ת וָפֶ֖גַע יִקְרֶ֥ה אֶת־כֻּלָּם
Me volví y vi bajo el sol que no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla, ni de los sabios el pan, ni de los prudentes la riqueza, ni de los entendidos el favor; sino que el tiempo y la casualidad les sobreviene a todos.
Et ve-péga (עֵת וָפֶגַע) — tiempo y encuentro, tiempo y accidente. No es el más rápido (qal) quien gana la carrera, ni el más fuerte (gibbor) la batalla, ni el más sabio (chakham) quien come. Todo depende de et (el tiempo oportuno) y péga (el encuentro fortuito).
En sánscrito, daiva (दैव) — el destino, lo divino — es lo que escapa al control humano. La Bhagavad Gītā dice: daivī hyeṣā guṇamayī mama māyā duratyayā — “esta mi fuerza ilusoria, compuesta de guṇas, es difícil de superar” (VII.14). El mérito humano existe, pero opera dentro de un campo que lo trasciende. La humildad no es debilidad; es ver con exactitud.