Todo es vanidad·Capítulo 1·Versículo 2

הֲבֵ֤ל הֲבָלִים֙ אָמַ֣ר קֹהֶ֔לֶת הֲבֵ֥ל הֲבָלִ֖ים הַכֹּ֥ל הָבֶל

Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Hével (הֶבֶל) — esta es la palabra clave de todo el libro, y traducirla como “vanidad” es solo una de sus capas. Hével significa primariamente aliento, soplo, vapor — lo efímero, lo que se disipa. En hebreo es el mismo término que el nombre de Abel, el hijo de Adán cuya vida fue breve y violentamente truncada. Hével havalim — soplo de soplos, vapor de vapores, lo más efímero de lo efímero.

Las traducciones clásicas — “vanidad” (Reina-Valera), “meaningless” (NIV), “futility” (NJB) — capturan dimensiones pero pierden la resonancia física de la palabra. En sánscrito, el equivalente más cercano es mithyā (ilusorio, apariencia) o anitya (impermanente), pero hével tiene una cualidad más concreta: es el aliento que ves en invierno y que desaparece. No es que las cosas no existan; es que su consistencia es la del soplo.

La repetición — hével havalim — es la forma superlativa hebrea, como Shir ha-shirim (Cantar de los cantares) o Melekh ha-melakhim (Rey de reyes). Qohelet no dice que algo sea vanidad; dice que lo es de la manera más intensa posible.

En el Yoga Sūtra, Patañjali describe los kleśas (aflicciones) como avidyā (ignorancia) que toma lo impermanente (anitya) por permanente, lo impuro por puro, lo doloroso por placentero, lo que no es el ser por el ser (II.5). Qohelet, mil años antes, dice lo mismo desde la experiencia: todo es hével, soplo, y tomar el soplo por sólido es la raíz del sufrimiento.