Todo es vanidad·Capítulo 1·Versículo 4
דּ֧וֹר הֹלֵ֛ךְ וְד֥וֹר בָּ֖א וְהָאָ֣רֶץ לְעוֹלָ֣ם עֹמָ֑דֶת
Una generación se va y otra generación viene, pero la tierra permanece para siempre.
La imagen es implacable: las generaciones desfilan como un río — hólekh (הֹלֵךְ) va, ba (בָּא) viene — mientras ha-áretz (הָאָרֶץ), la tierra, permanece. La misma raíz dór (generación) aparece en el verbo dúr (habitar temporalmente), como en guer (forastero): somos residentes temporales en una tierra que no nos pertenece.
En la tradición upaniṣádica, esta constatación no es desolación sino puerta de liberación. Si lo que cambia no es lo que somos, ¿qué es lo que permanece? La Kaṭha Upaniṣad (II.18) dice: na jāyate mriyate vā vipaścin — “el que ve no nace ni muere”. Qohelet, desde la observación del ciclo cósmico, señala hacia la misma pregunta: si la tierra permanece y nosotros pasamos, ¿qué parte de nosotros, si alguna, participa de esa permanencia?