Todo es vanidad·Capítulo 1·Versículo 13
וְנָתַ֨תִּי אֶת־לִבִּ֜י לִדְר֧וֹשׁ וְלָח֛וּשׁ בַּחָכְמָ֖ה עַ֣ל כָּל־אֲשֶׁ֣ר נַעֲשָׂ֑ה תַּ֧חַת הַשָּׁמָ֛יִם ה֖וּא עִנְיַ֥ן רָ֖ע אֲשֶׁ֥ר נָתַ֥ן הָאֱלֹהִ֖ים לִבְנֵ֣י הָאָדָ֑ם לַעֲנ֥וֹת בָּ֖וֹ אֹתָֽם
Entregué mi corazón a buscar e indagar con sabiduría todo lo que se hace bajo el cielo. Es una aflicción mala que Dios ha dado a los seres humanos para afligirlos con ella.
Qohelet usa el verbo nátatti (וְנָתַתִּי) — “entregué, apliqué, di” — con libbí (לִבִּי) — mi corazón, mi mente. No es una búsqueda casual sino una entrega total del corazón a la investigación. Los dos verbos son significativos: lidrósh (לִדְרוֹשׁ) — buscar, indagar, demandar — y leḥúsh (לָחוּשׁ) — escrutar, sonsacar, examinar a fondo.
La conclusión es brutal: inyyán ra (עִנְיַן רָע) — una ocupación mala, un negocio perverso, una aflicción perniciosa. Y es Elohim (Dios) quien la ha dado. La sabiduría misma, la capacidad de investigar, es una carga. Conocer no libera; en primera instancia, pesa.
En el Yoga Vāsiṣṭha, Vasiṣṭha dice algo similar: el conocimiento sin experiencia es como la leche de la imagen de un león — no nutre. Y Patañjali advierte que pramāṇa (conocimiento válido), viparyaya (conocimiento erróneo), vikalpa (conceptualización), nidrā (sueño) y smṛti (memoria) son los cinco vṛtti (fluctuaciones) que oscurecen la mente (YS I.6). Incluso el conocimiento correcto es una fluctuación. Qohelet lo sabía.