El placer y la sabiduría·Capítulo 2·Versículo 15

וְאָמַ֨רְתִּי אֲנִ֜י בְּלִבִּ֗י כְּמִקְרֵ֤ה הַכְּסִיל֙ גַּם־אֲנִ֣י יִקְרֵ֔נִי וְלָ֧מָּה חָכַ֛מְתִּי אֲנִ֖י אָ֣ז יֹתֵ֑ר וְדִבַּ֣רְתִּי בְלִבִּ֔י שֶׁגַּם־זֶ֖ה הָבֶל

Dije entonces en mi corazón: Como le sucede al necio, me sucederá; ¿por qué entonces fui más sabio? Y dije en mi corazón que también esto es vanidad.

La pregunta es devastadora: si el destino es el mismo, ¿para qué la sabiduría? Lamah asiti chakham (לָמָּה אָֽעֶשְׂתִּי חָכָם) — literalmente: “¿por qué actué con sabiduría?” La sabiduría misma es puesta en duda como estrategia de supervivencia.

Esta es la duda más profunda del buscador: si la iluminación no te salva de la muerte, ¿para qué meditar? La respuesta de la tradición yóguica es sutil: la sabiduría no salva del cuerpo, sino de la identificación con el cuerpo. Naiva kiṃcit kṛtaṃ pūrvam — “nada de lo que se hizo antes importa” (Māṇḍūkya Upaniṣad). La libertad no es vivir para siempre; es ver que el que vive no es quien muere.