El placer y la sabiduría·Capítulo 2·Versículo 24

אֵין־ט֤וֹב בָּאָדָם֙ שֶׁיֹּאכַ֣ל וְשָׁתָ֔ה וְהֶרְאָ֧ה אֶת־נַפְשׁ֛וֹ ט֖וֹב בַּעֲמָל֑וֹ גַּם־זֹה֙ רָאִ֣יתִי אָ֔נִי כִּ֛י מִיַּ֥ד הָאֱלֹהִ֖ים הִיא

No hay nada mejor para el ser humano que comer y beber y hacer que su alma disfrute del bien en su esfuerzo; también vi que esto viene de la mano de Dios.

Este verso es un giro capital en Eclesiastés. Tras la oscuridad de los versos anteriores, emerge algo inesperado: la aceptación. En tov (אֵין טוֹב) — “no hay [nada] mejor” — no es resignación sino reconocimiento: dentro de los límites de tachat ha-shamayim, lo mejor es lo simple. Comer, beber, disfrutar del propio esfuerzo.

Mi-yad ha-Elohim (מִיַּד הָאֱלֹהִים) — “de la mano de Dios”. La aceptación no es ateísmo ni hedonismo: es la recepción de un don. En la Bhagavad Gītā, Kṛṣṇa dice: yuktāhāra-vihārasya — “en el comer y el descansar moderados” (VI.17). No es la renuncia al mundo sino la recepción correcta del mundo lo que constituye el camino.