El placer y la sabiduría·Capítulo 2·Versículo 26

כִּ֤י לְאָדָם֙ שֶׁטּ֣וֹב לְפָנָ֔יו נָתַ֛ן חׇכְמָ֥ה וְדַ֖עַת וְשִׂמְחָ֑ה וְלַחוֹטֶא֩ נָתַ֨ן עִנְיָ֜ן לֶאֱסֹ֣ף וְלִכְנ֗וֹס לָתֵת֙ לְטוֹב֙ לִפְנֵ֣י הָאֱלֹהִ֔ים גַּם־זֶ֥ה הֶ֖בֶל וּרְע֥וּת רוּחַ

Porque al que le agrada, Dios le da sabiduría, conocimiento y alegría; pero al pecador le da la tarea de recoger y amontonar, para dárselo al que agrada a Dios. También esto es vanidad y pastorear viento.

Le-ish she-tov lifnéav (לָאִישׁ שֶׁטּוֹב לְפָנָיו) — “al hombre que es bueno ante Él”. La gracia (ḥen) divina no se gana: se recibe. El pecador (*ḥote’) recoge y amontona (le-esof ve-lekhones) — como arjana (acumulación) en sánscrito — pero la acumulación no es posesión; es transferencia.

Y sin embargo, Qohelet añade su sello: gam-zeh hével ur’eút rúach — también esto es vanidad y pastorear viento. Incluso la distribución divina de la gracia le parece insatisfactoria. ¿Por qué? Porque la pregunta más profunda no es quién recibe, sino si recibir es suficiente. En el advaita vedānta, incluso Īśvara (Dios como distribuidor de gracia) es una realidad relativa — vyāvahārika — no la última.