Los tiempos·Capítulo 3·Versículo 11
אֶת־הַכֹּ֥ל עָשָׂ֖ה יָפֶ֣ה בְעִתּ֑וֹ גַּ֤ם אֶת־הָעֹלָם֙ נָתַ֣ן בְּלִבָּ֔ם מִבְּלִ֞י אֲשֶׁ֧ר לֹא־יִמְצָ֣א הָאָדָ֗ם אֶת־הַמַּעֲשֶׂ֛ה אֲשֶׁר־עָשָׂ֥ה הָאֱלֹהִ֖ים מֵרֹ֥אשׁ וְעַד־סוֹף
Todo lo ha hecho hermoso a su tiempo; también ha puesto el mundo en el corazón del ser humano, sin que este pueda comprender la obra que Dios hace de principio a fin.
Et ha-kol asah yaféh (אֶת־הַכֹּל עָשָׂה יָפֶה) — “todo lo hizo hermoso”. Yaféh (יָפֶה) es la belleza, lo estéticamente perfecto. Dios no solo hizo las cosas funcionales; las hizo bellas en su tiempo. Shivam (शिवम्) en sánscrito es simultáneamente “lo auspicioso” y “lo bello”: la belleza del cosmos no es decoración sino estructura.
Ve-ha-olam natan bi-libbam (וְהָעֹלָם נָתַן בְּלִבָּם) — “y el mundo/eternidad puso en su corazón”. Olam (עֹלָם) significa tanto “mundo” como “eternidad”, “lo oculto”. Dios puso la eternidad en el corazón humano, pero también la incapacidad de comprenderla. Es la paradoja más bella del libro: llevamos lo infinito dentro, pero no podemos abarcarlo. Como en la Śvetāśvatara Upaniṣad: sarvāṇi bhūtāni guhayam pratiṣṭhitāni — “todos los seres están establecidos en la cueva secreta” (III.20). La cueva está ahí; la entrada, oscurecida.