La opresión y la soledad·Capítulo 4·Versículo 1
וְשַׁ֣בְתִּי אֲנִ֗י וָאֶרְאֶה֙ אֶת־כׇּל־הָ֣עֲשֻׁקִ֔ים אֲשֶׁ֥ר נַעֲשִׂ֖ים תַּ֣חַת הַשָּׁ֑מֶשׁ וְהִנֵּ֣ה דִּמְעַ֣ת הָעֲשֻׁקִ֗ים וְאֵ֤ין לָהֶם֙ מְנַחֵ֔ם וּמִיַּ֤ד עֹשְׁקֵיהֶם֙ כֹּ֔חַ וְאֵ֥ין לָהֶ֖ם מְנַחֵם
Me volví y vi todas las opresiones que se cometen bajo el sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin que tengan consolador; y la fuerza del opresor, sin que tengan quien los consuele.
Ashuqim (עֲשׁוּקִים) — los oprimidos — y koach (כֹּחַ) — la fuerza — del opresor. Qohelet no habla de opresión abstracta: ve lágrimas (dima’) concretas, y la ausencia de consolador (me-nachem). Es una teodicea invertida: no pregunta por qué Dios permite el sufrimiento, sino constata que no hay quien consuele.
En el budismo, dukkha (दुःख) es la Primera Noble Verdad. No es un problema teórico sino la observación directa del sufrimiento. Qohelet, como el Buda, empieza por ver el dolor antes de proponer cualquier camino.