El fin del camino·Capítulo 12·Versículo 2
עַ֠ד אֲשֶׁ֨ר לֹא־תֶחְשַׁ֤ךְ הַשֶּׁ֙מֶשׁ֙ וְהָא֔וֹר וְהַיָּרֵ֖חַ וְהַכּוֹכָבִ֑ים וְשָׁ֥בוּ הֶעָבִ֖ים אַחַ֥ר הַגָּשֶׁם
Antes que se oscurezca el sol, la luz, la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes después de la lluvia.
Ad asher lo-teḥshakh ha-shemesh ve-ha-or — antes que se oscurezcan el sol y la luz. Ve-ha-yare’aḥ ve-ha-kokhavim — la luna y las estrellas. Ve-shavu ha-‘avim aḥar ha-geshem — “y vuelvan las nubes después de la lluvia”. Es el poema de la decadencia cósmica: los astros se apagan, las nubes regresan sin traer agua. La sequía que sigue a la lluvia es la imagen de la vejez.
En sánscrito, jīrṇa (जीर्ण, gastado, envejecido) describe tanto el cuerpo como el universo en su fase final. El Mahābhārata habla de las manvantara — ciclos cósmicos de creación y disolución. Pero la decadencia de Qohelet no es metafísica; es física, sensorial. El yogui medita en la impermanencia (anitya) no para deprimirse sino para soltar la identificación con lo que perece: anityaṃ asukhaṃ lokam imaṃ prāpya bhajasva mām — “habiendo alcanzado este mundo impermanente y doliente, ocúpate en Mí” (BhG IX.33).