El fin del camino·Capítulo 12·Versículo 5
גַּ֣ם מִגָּבֹ֤הַּ יִרָ֙אוּ֙ וְחַתְחַתִּ֣ים בַּדֶּ֔רֶךְ וְיָנֵ֤אץ הַשָּׁקֵד֙ וְיִסְתַּבֵּ֣ל הֶחָגָ֔ב וְתָפֵ֖ר הָאֲבִיּוֹנָ֑ה כִּי־הֹלֵ֤ךְ הָאָדָם֙ אֶל־בֵּ֣ית עוֹלָמ֔וֹ וְסָבְב֥וּ בַשּׁ֖וּק הַסּוֹפְדִים
También temerán lo alto, y habrá terrors en el camino; y florecerá el almendro, y se agravará la langosta, y se perderá el apetito; porque el hombre va a su morada eterna, y los endechadores andarán por las calles.
Gam mi-gavo’ah yirau — “también temerán lo alto”. La altura que antes se escalaba ahora se teme; las piernas ya no responden. Ve-ḥatḥatim ba-derekh — “terrores en el camino”. El viaje de la vida se convierte en camino de miedos. Ve-yaneitz ha-sheḳed — “y florecerá el almendro”. El almendro florece blanco en invierno; en la vejez, el pelo blanco. Ve-tafer ha-aviyyonah — “y se rompa el deseo”. La aviyyonah (copa, deseo) se quiebra.
En el yoga, vairāgya (वैराग्य) es el desapego voluntario; pero la vejez impone un vairāgya involuntario. El abhiniveśa (आभिनिवेश, apego a la vida) se resiste, pero el cuerpo declina. Holékh ha-adam el-beit olamo — “el hombre va a su casa eterna”. En sánscrito, parama-gati (परमगति) es la meta final, la morada del ātman. Los endechadores en la calle son testigos; el yogui, testigo de sí mismo.