Pāpavagga · El mal · Gāthā 128

Na antalikkhe na samuddamajjhe, na pabbatānaṃ vivaraṃ pavissa; na vijjatī so jagatippadeso, yatthaṭṭhitaṃ nappasahetā maccū.

Na antalikkhe na samuddamajjhe, na pabbatānaṃ vivaraṃ pavissa; na vijjatī so jagatippadeso, yatthaṭṭhitaṃ nappasahetā maccū.

Ni en el cielo, ni en medio del océano, ni entrando en una grieta de la montaña, no se puede encontrar ningún lugar en la tierra donde uno esté a salvo de la muerte.

Este verso es casi idéntico al anterior (127) pero con un final diferente: nappasahetā maccū — donde la muerte no alcanza. El paralelo intencional entre las consecuencias del karma (127) y la muerte (128) establece una equivalencia profunda: ambas son inevitables, universales, sin lugar de escape.

Maccū — la muerte: el señor del final, inevitable para todo ser condicionado. Como el karma, la muerte no es una entidad vengativa sino la manifestación natural de la impermanencia.

El par 127-128 cierra el capítulo sobre el mal con una enseñanza doble sobre la inevitabilidad: ni las consecuencias del karma ni la muerte pueden ser evitadas por ningún medio geográfico o físico.

La respuesta budista a esta inevitabilidad no es desesperación sino la práctica: si no se puede escapar de la muerte ni del karma, la única respuesta inteligente es vivir de manera que el karma sea positivo y la muerte llegue a un ser que ha hecho el trabajo de la transformación interior.