Pañcamaḥ paṭalaḥ (Dhyāna) · Verso 60

शिरः कपाले रुद्राक्ष विवरं चिन्तयेद्यदा । रुद्राक्षं

śiraḥ kapāle rudrākṣa vivaraṃ cintayedyadā | rudrākṣaṃ

Allí, bello como la flor bandhūka, está el kāmabīja, la semilla del amor: resplandeciente como oro bruñido y descrito en el yoga como eterno.

El kāmabīja —la “semilla del deseo/amor”, generalmente representada por la sílaba lam o klīm— es el bījamantra (sílaba seminal) del mūlādhāra cakra. Su comparación con la flor de bandhūka (Pentapetes phoenicea) no es arbitraria: esta flor es de un rojo intenso que tiende hacia el carmesí, del mismo color que se asocia al mūlādhāra. El oro bruñido (svarṇabhāsvaraṃ) que también se menciona indica el doble atributo de la semilla: ardiente y precioso simultáneamente.

Kāma —“deseo”, “amor”, en su sentido más amplio la fuerza de atracción que une todo lo que existe— es precisamente lo que yace dormido en el mūlādhāra: el impulso cósmico hacia la unión, la fuerza que en su nivel más denso impulsa la reproducción y en su nivel más sutil impulsa la búsqueda de la unión con el Ser supremo. El yoga canaliza esta fuerza de kāma desde su orientación horizontal (hacia el mundo) hacia su orientación vertical (hacia la conciencia pura).

La eternidad del bīja (śāśvata) subraya que lo que el yoga trabaja no es una construcción humana sino una realidad cósmica primordial. El kāmabīja existe independientemente del individuo: el practicante no lo crea con su meditación sino que entra en contacto con él. Esta comprensión de la meditación como contacto con lo eterno —más que como creación de estados mentales transitorios— caracteriza la diferencia entre el enfoque tántrico y los enfoques puramente técnicos del yoga.