Malavagga · La impureza · Gāthā 240

Ayasāva malaṃ samuṭṭhitaṃ, taduṭṭhāya tameva khādati; evaṃ atidhonacārinaṃ, sākammāni nayanti duggatiṃ.

Ayasāva malaṃ samuṭṭhitaṃ, taduṭṭhāya tameva khādati; evaṃ atidhonacārinaṃ, sākammāni nayanti duggatiṃ.

Como el óxido surgido del hierro devora al mismo hierro del que surge, así las propias acciones del transgresor lo conducen a un mal destino.

Ayasāva malaṃ samuṭṭhitaṃ taduṭṭhāya tameva khādati — como el óxido surgido del hierro devora al hierro: la impureza (mala) no viene de fuera sino que surge del propio material. El óxido es producido por el hierro mismo y luego lo destruye — un proceso de autodestrucción desde dentro.

Evaṃ atidhonacārinaṃ sākammāni nayanti duggatiṃ — así las propias acciones del transgresor lo conducen a un mal destino: atidhonacārin es el que excede los límites, el transgresor de la disciplina. Sus propias acciones (sākamma) son el óxido que lo corroe.

La metáfora del óxido es psicológicamente exacta: las impurezas mentales (codicia, aversión, ignorancia) no son agentes externos sino productos internos que, si no se atienden, consumen al propio ser desde dentro.

Como en el verso 165 (el diamante que tritura la gema), aquí la autodestrucción es el tema central. El vagga de la impureza insiste en que el mayor peligro viene de dentro, no de fuera.